Proverbios 4:23 – «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.»

El verso del día de hoy me decía: «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.»
Esta es la Palabra de Dios, y si es Su Palabra, yo la creo, la atesoro y la analizo hasta lo más profundo. La llevo a mi pensamiento y después a mi corazón.
Y en ello me pregunto: ¿qué es guardar?
Quizás pudiera acercarme un poco a su significado, pero esto me dice «Guarda con diligencia tu corazón.» Si Dios me está pidiendo esto, ¿no será realmente importante?
Él fue el creador de mi corazón—la parte física, lo anatómico, su fisiología. Y Él le dio la orden un 16 de septiembre de comenzar a funcionar como un reloj, y sigue ahí, día tras día, cumpliendo el trabajo que le encomendó el Creador.
Pero a mí, la poseedora de ese corazón, me pide que yo lo guarde con diligencia.
¿Qué está escrito allí? ¿Qué tesoros están escondidos allí para ser explotados? ¿O paradójicamente es tan fuerte que se puede romper, o tan frágil que lo puedo destruir? ¿Qué es esta ambigüedad?
Da un latido de más ante las situaciones críticas, pero también da un latido de más ante las emociones como el amor, la alegría, la amistad.
Pero ¿qué hay dentro de él, que Dios dice en su palabra «Perverso es el corazón del hombre, ¿quién lo conocerá?»
Y ¿por qué debo guardarlo con diligencia?
Estas preguntas no son teóricas para mí. Son preguntas que he vivido, que he llorado, que he llevado a la cruz.
Y hoy, con la perspectiva que solo el dolor y la gracia pueden dar, puedo contarte mi historia—cómo aprendí a guardar mi corazón, no como un ejercicio intelectual, sino como un acto de supervivencia espiritual.
La Contaminación del Corazón: Un Viaje de Restauración

Hubo muchos momentos en mi vida en que no guardé mi corazón y lo dejé contaminar. Puedo dar fe de que cada decisión tiene sus consecuencias.
Hasta hoy, algunas de esas consecuencias siguen su curso y no puedo retroceder el tiempo, solo aprender de lo que significa dejar contaminar mi corazón.
A veces estamos tan contaminados que no nos damos cuenta. Llegamos a un punto donde llamamos blanco a lo negro y negro a lo blanco.
Tuve momentos de debilidad en mi vida donde mi matrimonio no funcionaba, como si diera un paso hacia adelante y tres pasos hacia atrás.
En esa época, yo creía que todo era perfecto, puro y diáfano, que el amor era ser felices para siempre. No sabía que el matrimonio era un proceso de santificación para mi vida.
El noviazgo había sido una etapa, pero ahora la realidad era otra. Dos engranajes de diferentes calibres, materiales y manufactura debían acoplarse para formar un solo ritmo.
En mi inconsciencia o en mi falta de preparación para el matrimonio, comencé a guardar cosas en mi corazón sin transmitirlas. Primero porque no podía, y segundo, porque no sabía cómo hacerlo.
¿Quizás era mi orgullo? ¿Mi formación? ¿Mi necesidad de aguantármelas sola sin que nadie interviniera en mi relación? No lo sé.
Pero no fue para bien.
En ese tiempo, mi corazón—que yo creía estaba creado para el amor—comenzó a guardar rencores, dolores y pensamientos negativos. Todo eso, en vez de mejorar mi relación con mi esposo y con mi Dios, la empeoró.
Llegué a pensar que estar sola era mucho mejor que estar acompañada por un hombre que no merecía mi amor ni mi respeto.
Hoy lo puedo escribir desde la perspectiva de una mujer madura que ha pasado por muchas cosas, y reconozco que realmente no guardé mi corazón con diligencia. Lo dejé al descubierto, lo dejé abierto.
Su puerta quedó abierta de par en par para que las ideas de una sociedad en decadencia me contaminaran.
Creía que quizás me había equivocado y que era digna de ser amada por alguien que realmente me valorara.
Pero la contaminación entró como un canal maloliente, haciéndome olvidar este versículo. No tuve diligencia alguna. Escuché por aquí, escuché por allá, me llené de ideas que no provenían de la pureza del corazón que Dios había creado en mí.
Comencé a darme cuenta de que las personas eran malas, de que muchos de los que se llamaban amigos no querían mi bien, sino mi mal. Pero no volvía mi pensamiento hacia mi Creador.
Sin embargo, allí en lo profundo, bien adentro de esa esencia que existe en cada corazón, todavía latía ese aliento divino que un día me dio la vida y empujó a mi corazón a latir. Yo sentía que si no me volvía, siempre iba a sentir que no di todo de mí, que me rendí, que renuncié.
Y en un acto de fe y coraje, salí de mi oficina dental donde estaba atendiendo a uno de mis pacientes y llegué al lugar donde preparábamos las prótesis con mi hermano.
Nunca olvidaré que, con mi traje de falda y chaqueta color té con leche, me arrodillé en ese lugar y le dije a Dios:
«Señor, si tú eres más grande que esto, si tú eres el que creaste mi interior, por favor ayúdame y guarda mi corazón para que yo pueda verte y sentirte. Para que mi vida se salve y no siga yo viviendo en esta incertidumbre, sin saber quién tiene la verdad.
Si es verdad que debo renunciar y buscar la felicidad a través de otras cosas o de otros, porque en este hombre no la encontré, entonces acepto lo que preparas para mí. O quizás tienes algo mucho más grande guardado, algo que todavía no alcanzo a comprender.
Sé que tienes la capacidad de restaurar corazones rotos, de transformar toda tristeza en alegría. Ayúdame a desalojar cada pensamiento malo de dentro mío para que mi corazón pueda volver a latir al ritmo del verdadero amor, ese amor de Corintios 13 que todo lo sufre, todo lo soporta, todo lo puede. Ese amor que no se goza de las injusticias sino de la verdad, que no busca lo suyo sino que es servicio y acción.»
Muéstrame, Señor, que estás conmigo. Ayúdame a ver que no me equivoqué y dame fuerzas para decidir amar cada día a este ser con quien hice un pacto eterno ese 6 de abril de 1990.
El Precio de la Restauración

La decisión no fue fácil. Costó mucho.
Perdí mi entorno, perdí muchas cosas y tuve que aceptar que mi corazón había estado muy lejos de su Creador. Quizás nunca había entendido su amor.
Y si no había entendido el amor de Dios hacia mí, ¿cómo podría entender el de los seres humanos, llenos de egoísmo, envidias, lujurias y avaricia?
En esa época, cuando Dios escuchó mis ruegos, utilizó recursos que atesoro profundamente: amistades verdaderas llenas de bondad, consejeros con sabiduría. Me permitió sentir su toque en mi vida y en la de mi esposo.
Ese fue el principio de un gran viaje que duró más de 25 años, un viaje de aprender a guardar con diligencia mi corazón para que no fuera contaminado.
Aprendí que hay señales en cada paso de nuestro camino. Todo el camino ya fue señalado, pero nosotros conscientemente tomamos decisiones y atajos tratando de complacernos a nosotros mismos.
Fueron 25 años de mucho aprendizaje. 25 años de no permitir que los malos pensamientos entraran nuevamente a mi vida. 25 años de olvidarme para siempre del pasado: de las traiciones, de los desacuerdos, de los desaciertos, de las acusaciones.
Y verdaderamente funcionó.
Mi corazón, guardado con diligencia, fue capaz de olvidarse del pasado. Nadie en mi nuevo entorno pensaría que mis primeros años de vida fueron un infierno. Nadie jamás lo sospechó gracias a mi capacidad de guardar todo en mi corazón.
Pero de la misma manera que guardé todo lo malo, un día, solo con la ayuda de Dios, pude desalojar lo malo e ir permitiendo que el Espíritu Santo fuera tomando control de cada área de mi vida, de cada habitación en mi corazón.
Llegué a ser íntima con mi Señor, quien se transformó en mi abogado eterno. A Él le escribía mis sinsabores, mis demandas, mis angustias, y se las presentaba a ese tribunal.
Ese abogado eterno me ayudaba en todos mis juicios. En muchos gané, pero en otros muchos perdí, porque Él me hacía ver mi incompetencia y mi responsabilidad en las cosas.
Aprendí a entregar cada gota amarga que caía en mi corazón. Tanto así que en el último año de vida de mi esposo, una vez conversando los dos, me preguntó cómo lo hacía para no guardar rencor y poder seguir adelante.
Y yo le contesté: «¿Quién te dice que yo no guardo rencor? ¿Quién te dice que yo no me enojo? ¿Quién te dice que dejo que me pisen así nomás?»
Un Diálogo Transformador
No, no lo hago. En apariencia sí, pero en realidad tengo un cuaderno donde anoto todo y se lo presento a mi abogado y Señor, dejándolo en la cruz donde Él llevó mi dolor.
Aunque no tengo ganas de decirlo en voz alta, aunque muchas veces no quiero olvidar ni perdonar, me obligo a hacerlo en su nombre, diciendo:
«Yo soy la demandante, Señor. Me hicieron tal cosa, estoy tremendamente ofendida, enojada, rencorosa, no quiero saber más nada de esto ni de estas personas. Pero sé que sobre toda cosa guardada está primero mi corazón, y solo quiero que de él mane vida, no vinagre y amargura como en el pasado.»
«Así que guarda tú mi corazón, y te dejo colgada aquí a los pies de la cruz esta demanda contra mi ofensor. Hazte cargo de mi corazón, porque jamás quiero volver a caer en el pasado. Demasiado horrible lo pasé cuando abrí la puerta a lo que anda volando por acá.»
«Hoy está cerrada y solo se abre para que tú pases, me limpies, saques todo esto, claves todo lo que me es contrario y lo expongas públicamente para que yo pueda ser siempre libre. Porque si algo quiero tener limpio, es mi corazón.»
Mi esposo solo me escuchó y me preguntó: «¿Está acaso mi nombre en ese cuaderno entre tus demandas?»
Y yo le contesté: «Creo que tu nombre está escrito más veces de las que te gustaría saber… pero el Dios que nos unió una vez lo sigue haciendo hasta hoy.»
Fue una conversación hermosa, y me dijo que comenzaría a practicarlo con todos los dolores, angustias y traiciones que guardaba en su corazón herido desde pequeño.
El Año Más Productivo
Y es por eso que para ese día de Acción de Gracias del 2023, pudimos testificar a nuestros hijos, en el momento de agradecimiento familiar, que aunque el 2023 había sido nuestro año más terrible en los negocios y en la economía, nosotros lo considerábamos el año más productivo en el Señor.
Porque habíamos aprendido a guardar nuestro corazón y lo hacíamos con mucha diligencia. Entre los dos nos ayudábamos y nos exhortábamos a darnos cuenta de cuando estábamos abriendo el corazón a cosas no buenas.
Y así fue hasta el último minuto de ese año 2023, cuando aproximadamente a las 4 de la tarde íbamos felices conversando de nuestros hijos.
De repente, surgió un pensamiento negativo y sin querer hablamos mal de alguien. Nos dimos cuenta de que nuestra meta ese año había sido no contaminarnos en nada, no exponer nuestro corazón hablando de algo que ni siquiera conocíamos con certeza.
Las últimas palabras de mi esposo fueron: «Perdón, Señor, perdón. Estamos llenos de iniquidades, nuestro corazón está más dispuesto a hablar lo malo que lo bueno. Perdona mi iniquidad.»
Y repitió: «Perdón, perdón, perdón, perdón.»
Como era tan alegre y bromista, comenzó a jugar con la palabra perdón, diciéndola en borbotones para hacerme reír. Y lo logró.
Fue entonces cuando escuchamos el golpe en una de las ruedas del vehículo que nos avisó que algo andaba mal.
Cuando logramos estacionar a la orilla del camino, él descendió a ver qué había sucedido.
La muerte, vestida en la forma de un hombre irresponsable que venía manejando a toda velocidad con su familia después de pasarse de copas ese día de fiesta en casa de sus amigos, perdió el control e impactó la parte izquierda de nuestro vehículo, arrebatando de forma inmediata la vida de ese ser a quien yo había llegado a amar con toda mi alma.
Aunque yo sufrí golpes, no fueron suficientes para terminar con mi vida.
Todavía…
Y hoy sigo en la lucha de guardar mi corazón, porque mi vida está destrozada.
Todavía tengo que seguir yendo a la cruz a dejar ahí a esas personas que se divierten con unas copas de más sin pensar en el daño que pueden causar.
Todavía sigo luchando con la cara de aquel hombre que me dejó partida en dos.
Todavía sigo luchando en mi corazón con las cosas que quedaron a mi cargo y que yo no esperaba, y muchas veces no tengo comprensión de parte de aquellos que no entienden que no puedo hacerlo sola.
Todavía sigo guardando con diligencia mi corazón… todavía… porque sé que me queda un largo camino por recorrer.
Los Manantiales Siguen Fluyendo
Ahora entiendo por qué Dios dice «con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.»
No es solo para los días buenos, cuando todo fluye fácil. Es precisamente para estos días, cuando la vida te ha partido en dos, cuando el dolor amenaza con convertirse en un canal maloliente que contamina todo a su paso.
Es en estos momentos cuando más necesito ese cuaderno, esa cruz, ese acto diario de rendición.
Porque he aprendido que guardar mi corazón con diligencia no significa que no duela, no significa que no llore, no significa que no luche.
Significa que a pesar del dolor más profundo que he conocido, de mi corazón todavía brotan manantiales de vida y no de amargura.
Significa que puedo seguir amando, perdonando, entregando cada gota amarga a los pies de la cruz.
Significa que aunque mi vida está destrozada, mi corazón permanece guardado.
Y así seguiré, con toda diligencia, guardando este corazón que Dios creó y que comenzó a latir un 16 de septiembre.
Porque todavía late. Todavía ama. Todavía perdona. Todavía confía.
Y de él, por la gracia de Dios, todavía brotan los manantiales de la vida.
Todavía…


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