La soledad es real.
No es un concepto, no es una metáfora bonita para un poema. Es algo que siento, que palpo con mis manos temblorosas, que me despierta en las madrugadas con el pecho apretado.
Mis ojos se llenan de lágrimas y ni siquiera sé exactamente qué es lo que siento en mi interior. Es confuso. Es caótico. Es un nudo que no logro desatar.
Y no, no soy una víctima. Esto no es autocompasión barata.
Es algo profundo, algo que no me suelta, que me atraviesa con sus garras y se queda ahí, clavado en algún lugar entre mi corazón y mi garganta.
Algunos días estoy bien. Muy bien, incluso. Sonrío, funciono, existo.
Pero otros días… otros días siento que dependo demasiado del amor de los demás. Espero sus mensajes como si fueran oxígeno. Busco su aprobación como si fuera agua en el desierto.
Y cuando estoy sensible, cuando todo me duele más de lo normal, pienso que tal vez los he agobiado. Que en mi búsqueda desesperada de algo que ni siquiera yo entiendo, los he cansado. Los he ahuyentado.
Quiero sanar. Dios, cómo quiero sanar.
Quiero estar bien para mí misma—no para complacer a nadie más, no para ser suficiente para otros. Para mí.
Quiero encontrar el camino, aunque esté oscuro, aunque me duela cada paso. Quiero atravesar este valle de sombra y muerte, y al llegar al final, poder mirar hacia atrás y entender que valió la pena. Que valió la pena el proceso, el sufrimiento, las tragedias.
Porque solo eso, solo este fuego que me quema por dentro, puede producir en mí una verdadera santificación. Solo esto puede llevarme a ese lugar donde, como Job, pueda decir con lágrimas en los ojos pero con certeza en el alma: «De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven.»
Quiero alcanzar esa madurez. Esa madurez donde mis relaciones futuras no nazcan del miedo, de la necesidad, del vacío. Sino de mi confianza en quién soy, en lo que hago, en hacia dónde voy.
Quiero esa independencia emocional que no he podido encontrar desde que Luis se fue.
Desde que él se fue, algo en mí se rompió. Y no sé cómo recoger los pedazos.
Pero quiero intentarlo. Quiero depender solo de Dios, aunque hoy no sepa cómo se hace eso. Aunque hoy mi corazón siga esperando que suene el teléfono, que alguien me diga que me quiere, que me aceptan, que no soy demasiado.
Estoy cansada de buscar en los demás lo que solo Dios puede darme.
Pero también estoy cansada de sentirme culpable por necesitar a las personas. Porque Él mismo dijo que no era bueno estar solos.
Necesito respetarme a mí misma.
Necesito entender mi grandeza en Dios, no la que el mundo mide con sus reglas absurdas, sino la que Él ve cuando me mira.
Fui creada única. Como todos. Cada ser humano es una obra maestra irrepetible, y yo también lo soy, aunque hoy no lo sienta.
Dios no hace copias. Él crea originales.
Y aunque hoy me sienta pequeña, rota, insuficiente, la verdad es que soy valiosa. Soy amada. Soy suficiente en Él.
Hoy elijo creerlo, aunque sea difícil. Aunque me tiemble la voz al decirlo.
Hoy elijo depender de Dios, aunque me sienta frágil como el cristal. Porque en mi debilidad, Él es fuerte.
Tiene que serlo. Porque yo ya no puedo más.

El anhelo de conexión
Pero me pregunto, en medio de todo este dolor: ¿qué hago con este deseo de conexión que late en mí como un tambor incesante?
Porque sé que no nació de la depresión. Este anhelo de compañía, de ser vista, de ser conocida de verdad… también viene de Dios.
Él mismo dijo que no era bueno que el ser humano estuviera solo. Fuimos creados para la comunidad, para el amor compartido, para caminar juntos.
Esto no es debilidad. Es diseño divino.
Entonces, ¿cómo sostengo ambas verdades en mis manos temblorosas? ¿Cómo descanso en Dios como mi fuente principal sin negar que también necesito a los demás? ¿Cómo no me ahogo en esta tensión?
Creo que la respuesta está en el orden.
Dios primero. Siempre primero.
Que Él llene el vacío más profundo, ese abismo que nadie más puede llenar sin caerse dentro. Que Él sea mi fundamento, mi roca, mi identidad. No las personas. No su amor. No su aceptación.
Y desde ese lugar de plenitud en Él, entonces sí puedo acercarme a otros. No desde la necesidad desesperada que me consume, sino desde un corazón que ya está lleno y ahora puede dar.
No buscando que me completen como si fuera un rompecabezas incompleto, sino compartiendo el amor que ya he recibido.
Las personas no están aquí para salvarme. Esa es la tarea de Dios, y solo de Dios. Pero están aquí para acompañarme, para reflejar Su amor de maneras tangibles, para recordarme que no camino sola este sendero oscuro.
Quizás el problema nunca fue desear conexión humana. Quizás fue ponerla en el trono que solo le pertenece a Dios. Quizás fue buscar en Luis, en los demás, en cualquiera, lo que solo Él puede darme.
Y ahora tengo que aprender a caminar de nuevo. Sola con Dios. Hasta que pueda caminar con otros sin perderme en el camino.

Cuando todo está al revés
Hoy siento una empatía profunda, dolorosa, por aquellos que están quizás en una ventana, mirando pasar la vida porque no saben qué más hacer en su soledad. Los entiendo. Dios, cómo los entiendo.
Es como si todo estuviera al revés de lo que una vez fue.
El propósito que me movía… murió. Las metas que me mantenían viva… murieron. Y aquí estoy, en medio del revoltijo que tengo en mi cabeza, sin saber por dónde comenzar. Quiero. Dios sabe que quiero. Pero no puedo.
Algunos días son mejores que otros. Algunos días deseo hacer mil cosas, siento que puedo conquistar el mundo, que voy a salir de esto.
Pero días como hoy, cuando estoy enferma físicamente, mi alma tampoco está sana. No. Mi alma acompaña a mi cuerpo en este malestar general, en este dolor, en esta ansiedad por alcanzar mis metas y dejar atrás este tiempo tan oscuro.
Y siento que no hay personas que puedan entender lo que vivo.
Solo Dios. Solo Dios. Mi Dios que todo lo ve.
Pienso en Agar, en el desierto, muriéndose junto a su hijo, sin esperanza, sin salida. Y Él se le apareció. Se presentó como El Roi, el Dios que todo lo ve. El Dios que la vio cuando nadie más la veía. El Dios que la encontró cuando estaba perdida.
Necesito urgentemente ver a Dios. Necesito Su abrazo. Necesito escuchar Su voz que me diga: «Sigue tal camino porque Yo te veo. Yo te guío.»
¿Es mucho pedir?
No quiero señales en el cielo. No necesito milagros espectaculares.
Solo necesito saber que Él me ve aquí, en esta ventana, viendo pasar la vida.
Que me ve en medio de este revoltijo.
Que me ve cuando quiero pero no puedo.
Que me ve.


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