Soy un Sobreviviente

En la búsqueda de mi misma con mi Creador.

Hay días que se quedan contigo para siempre. Días que se graban en la piel, en la memoria, en ese lugar del alma donde guardamos lo que más duele y lo que más amamos.

Este es uno de esos días.

No sé muy bien cómo contarte esto. He empezado a escribir mil veces y mil veces he borrado las palabras. Porque hay cosas que no se pueden explicar, solo vivir. Pero necesito intentarlo. Necesito poner en palabras lo que el corazón apenas puede sostener.

Dicen que la vida es la suma de momentos. Pequeños instantes que se van hilando uno tras otro hasta formar la historia de quiénes somos. Algunos momentos brillan. Otros duelen. Y hay momentos que te parten en dos, que te obligan a rearmarte desde cero, a encontrar sentido donde parece que no lo hay.

Este es un relato sobre uno de esos momentos. Sobre una pérdida. Sobre el amor que permanece incluso cuando todo cambia. Sobre aprender a soltar mientras sigues sosteniendo.

Gracias por estar aquí. Gracias por leerme. Gracias por acompañarme en esto que necesito compartir.

Capítulo 1: El Último Desayuno

31 de diciembre de 2023.

El día comenzó como cualquier otro. Bueno, casi. Teníamos planes para la boda de la hija de una amiga, y yo ya estaba pensando en qué ponerme, en cómo se vería todo, en esas pequeñas cosas que ocupan la mente cuando hay una celebración por delante.

La mañana nos encontró juntos en la cocina, como siempre. Luis solía llamar al desayuno «el momento más hermoso del día.» Y tenía razón. Era nuestro tiempo sagrado, ese espacio donde el mundo todavía no nos reclamaba, donde éramos simplemente nosotros dos.

Yo preparaba las ensaladas mientras escuchaba Aviva Nuestros Corazones. La voz familiar llenaba la cocina, mezclándose con el sonido de los cuchillos contra la tabla de picar. Luis preparaba la carne para el ahumador, moviéndose con esa calma que lo caracterizaba.

Afuera hacía frío. Ese frío de fin de año que te hace agradecer el calor del hogar.

Nuestras mascotas pedían su desayuno con insistencia. Esos pequeños seres que dependen de ti, que te recuerdan cada mañana que la vida es también servicio, también entrega en lo cotidiano.

Luis había estado reflexivo en las últimas semanas. Más sensible, quizás.

Lo noté, pero no le di mayor importancia. Pensé que era el cansancio del año, el peso de tantos días acumulados.

No sabía que ese desayuno sería distinto a todos los demás.

No sabía que ese día aparentemente común sería el último día normal de mi vida.

Capítulo 2: Las Señales Que No Vi

Esa mañana no comenzó con el desayuno. Comenzó con un sueño.

Vi a mi suegra—que ya había partido de este mundo—sonriente en un aeropuerto. Esperaba a alguien, y la felicidad le brotaba de los ojos.

Me acerqué a ella y, bromeando como solíamos hacer cuando vivía, le dije:

—¡Ay, usted está feliz hoy!

Ella me miró con esa luz especial y respondió:

—¡Sí, estoy feliz, muy feliz!

Sus ojos se dirigían hacia la salida de pasajeros, como si esperara a alguien importante. Entonces se acercó a mí:

—Ven, que te dé un abrazo y te levante.

Sonreí. Le dije que podía abrazarme, pero que levantarme sería difícil porque ya no era la joven delgadita de antes.

Ella insistió. Y en ese instante me levantó como a un bebé, acunándome mientras de fondo sonaba una melodía.

Abrí los ojos. La música seguía sonando.

No era parte del sueño—era real. Venía del celular de Luis.

Desde hacía tres días, la misma canción llenaba nuestra casa: el Salmo 116, cantado por un coro de judíos en Israel. Más de 72 horas escuchando esa melodía una y otra vez.

Luis estaba prendado de esa música, de esa letra. Mientras jugaba su ajedrez matutino, la canción nos envolvía, como si quisiera grabarse en nuestras almas.

Cuando regresó de preparar la carne para el ahumador, entró con los ojos húmedos. Me pidió que escuchara una predicación del pastor Miguel Núñez.

Su voz temblaba.

—Nunca me había sentido tan tocado por la realidad de la vida—me dijo—. Espero que este pastor nunca se muera. Me encanta escucharlo. Ojalá siempre pueda tener sus sermones.

Sus palabras quedaron flotando en el aire. Yo seguí con mis tareas, pensando que era solo uno de esos momentos reflexivos que a veces lo visitaban.

Hoy lo sé: no era un momento reflexivo. Era una despedida.

El sueño con mi suegra esperando en el aeropuerto. La música que se repetía sin cesar. Las lágrimas. Las palabras sobre la vida y la muerte. Todo eran señales, susurros del cielo que no supe leer. Pequeñas luces en medio de una despedida que se acercaba en silencio.

Capítulo 3: Los Abrazos Que Se Vuelven Eternos

Entre las idas y venidas de aquella mañana, Luis se me acercó con una seriedad distinta. Había estado hablando de sus arrepentimientos, de los errores en sus inversiones, de decisiones que no salieron como esperaba. Me pidió perdón por haberme expuesto a algunas de sus ideas de negocio.

Lo miré con esa mezcla de angustia y ternura que siempre me inspiraba. Mi búfalo. Así lo llamaba yo. Un hombre incansable, luchador, que nunca dejaba de intentarlo. Que se levantaba una y otra vez, sin importar cuántas veces cayera.

De pronto me tomó entre sus brazos y me pidió algo inusual:

—Abráceme fuerte, fuerte… y dígalo en voz alta: vamos a estar bien.

Lo abracé. Pero no con toda la fuerza que él esperaba. Estaba pensando en la hora, en los preparativos pendientes, en la boda a la que debíamos ir. Mi mente andaba en mil lugares menos en ese momento.

Él insistió:

—¡Más fuerte! Diga con confianza: vamos a estar bien.

Entonces lo abracé con todas mis fuerzas. Lo abracé con amor, con presencia, con todo lo que tenía.

Y repetí en voz alta esas palabras que hoy resuenan en mi memoria como un pacto eterno:

—Vamos a estar bien.

Luis sonrió. Satisfecho. Como si en ese instante hubiera recibido la certeza de que todo estaba en orden.

Para mí fue un gesto más. Uno de tantos en nuestra vida diaria.

No sabía—¿cómo podría haberlo sabido?—que ese abrazo sería el más importante de mi vida.

Hoy, al recordarlo, siento que ese instante fue un regalo.

Ese abrazo sigue sosteniéndome en mis noches de vacío, en mis días de lágrimas, en mis momentos de debilidad. Es como si en ese contacto de cuerpos y almas hubiera quedado guardada una fuerza que todavía me acompaña.

Hay abrazos que se olvidan.

Y hay abrazos que se vuelven eternos.

Ese fue uno de ellos. Un abrazo que conservo vivo en mi corazón, porque en él escuché las últimas palabras de esperanza que compartimos:

«Vamos a estar bien.»


La vida es la suma de momentos.

No de los grandes eventos. No de las celebraciones planeadas o los logros que publicamos. La vida es ese desayuno compartido. Esa conversación mientras preparas ensalada. Ese abrazo que das distraída porque tu mente ya está en lo que sigue.

Yo creía que la vida era lo que venía después. Después de terminar los preparativos. Después de la boda. Después de resolver los problemas financieros. Después, después, después.

Pero la vida no es el después.

La vida es el ahora.

Es la música que suena de fondo. Es la mirada de tu esposo cuando regresa del frío. Es ese momento en que te pide que lo abraces fuerte y tú piensas en la hora. La vida está en esos instantes que dejamos pasar porque creemos que habrá más. Siempre más.

Pero no siempre hay más.

Hoy te pido algo: abraza fuerte. Escucha con atención. Mira a los ojos. Deja el celular. Apaga la prisa. Estate presente en tu propio presente.

Porque los momentos ordinarios son los que se vuelven extraordinarios cuando ya no los tienes.

Y sí, vamos a estar bien.

Esas palabras que Luis me pidió repetir no eran solo para él. Eran para mí. Para ti. Para todos los que seguimos aquí, aprendiendo a vivir con ausencias, aprendiendo a honrar lo que tuvimos estando completamente presentes en lo que tenemos ahora.

La vida es ahora. Este momento. Este respiro. Esta oportunidad de amar.

No la dejes pasar.

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Una respuesta a «Aprendiendo a Sostener el Amor en la Pérdida»

  1. Avatar de Gloricel Figueroa
    Gloricel Figueroa

    Wao Fabiana gracias por compartirnos este hermoso escrito sobre algo tan intimo y hermoso que deja un gran testimonio. Eres una increible escritora, siempre he admirado eso de ti, pero sin lugar a dudas puedo imaginar lo duro que ha sido poner todo esto en palabras. La vida es una coleccion de vivencias, yo puedo recordar tantas compartidas contigo y tambien Luis, los viajes a Israel, nuestra vida en comunidad en la Iglesia impactada por una sonrisa, un abrazo, un testimonio grande o pequeño, una conversacion de negocios, un asado en tu casa :)
    y el ultimo campamento de IMC que despues de mudarme a NC que estuvimos alla en PA y compartimos, reimos y hablamos con Luis. Gracias nuevamente y que Dios te bendiga. Un gran abrazo.

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