Soy un Sobreviviente

En la búsqueda de mi misma con mi Creador.

Cumbres de Éxito: La Soledad en la Grandeza

Cumbres de Éxito: La Soledad en la Grandeza

**PROLOGO**

Quedó petrificada al ver ese rostro en la pantalla. No podía moverse, no podía respirar. La palidez de su rostro acentuaba sus delicadas facciones, dándole el aspecto de una estatua de mármol. Lo único que mostraba vida en ella era una pequeña palpitación en sus sienes, producto del latido desesperado de su corazón.

Tenía que ser él: su mismo cabello, sus facciones latinas y aguileñas donde resaltaban esos ojos…

Sí, estaba segura. Jamás podría olvidar esos ojos. Nadie que los viera alguna vez podría olvidar ese color peculiar, y mucho menos ella, que los había visto tan de cerca. Pero…

Un ácido comentario la sacó de su trance. La bandeja en su mano seguía sosteniendo una ensalada que esperaba ser servida.

Miró el rostro colérico del anciano que esperaba su plato y se disculpó por la tardanza. El anciano respondió con una sonrisa sarcástica mientras volvía su atención a las noticias, intentando entender qué había provocado esa palidez mortal en la muchacha. Nada nuevo, lo de siempre: la crisis económica y las nuevas elecciones. Meneó la cabeza sin entender a los jóvenes y mucho menos a las mujeres, mientras devoraba su ensalada.

La muchacha apenas pudo llegar hasta una de las salas reservadas para el personal del hospital. Sus piernas se negaban a avanzar. Cayó pesadamente en una silla mientras se llevaba las manos a la cabeza, tratando en vano de borrar la imagen de ese rostro…

Evidentemente, él alcanzó lo que siempre quiso: éxito, fama, importancia, ser una figura pública. No importaba cuánto perdió para llegar allí, incluido el recuerdo de quienes siempre habían estado a su lado desde la infancia. Las noticias lo mostraron hoy como uno de los cerebros más jóvenes y brillantes en quien la nación depositaba su esperanza en estos tiempos de crisis económica. Lo había logrado.

Inconscientemente se llevó las manos a los ojos y las sintió húmedas. ¿Lágrimas? Su promesa de no volver a llorar se había roto en el mismo instante en que esos ojos la atravesaron nuevamente. Aunque él no la miraba directamente a ella, sino a las cámaras en algún lugar remoto, todavía tenían el poder de paralizarla.

Se levantó lentamente mientras sentía un dolor en el cuerpo que hacía tiempo no experimentaba. Con la mano derecha intentó calmar los latidos de su corazón y descubrió que, a pesar de estar partido en mil pedazos, todavía latía violentamente ante la mirada inteligente y ambarina del hombre que una vez la abandonó para alcanzar el éxito.

CAPITULO 1

Esquivó a la muchacha que todo el día había intentado llamar su atención y se dirigió directamente hacia la sala del directorio, donde tendría lugar la próxima reunión.

No tenía tiempo para relaciones espontáneas con el sexo opuesto. Si se relacionaba con alguien, sería únicamente para sacar el máximo provecho de esa relación.

Era un hombre ocupado. Cada segundo de su vida contaba.

Se sentía ansioso y excitado por los acontecimientos pasados, pero más por los que vendrían. Estaba en la cima de la cúspide a la que siempre quiso llegar.

Director ejecutivo de una de las empresas más grandes del mundo. Cuando él hablaba, los otros callaban. Su cerebro valía su peso en oro.

Él, el simple muchachito, el despreciado y escuálido niño al que nadie le daba una segunda mirada en el pasado, hoy tenía la atención de casi todos los poderosos del mundo.

Se miró en el espejo, el cual le devolvió la imagen del éxito vestido a la última moda. El traje oscuro se amoldaba como una segunda piel sobre sus anchos hombros, producto de las horas en el gimnasio y las comidas balanceadas.

Se miró y no reconoció su pasado. No pudo encontrar rastros de la delgadez extrema producto de la mala alimentación, ni ropas de segunda mano que era lo único que podía vestir y lo hacían parecer más un horrible espantapájaros que un ser humano.

Observó sus lustrosos cabellos oscuros que hoy caían recortados a la moda sobre el cuello de su impecable camisa, y no pudo encontrar en ellos rastro de aquellos años de juventud, cuando nadie jamás sabía si eran lacios u ondulados porque siempre lucían casi rapados al estilo orfanato.

Sonrió con satisfacción y una hilera de dientes blancos contrastó contra su piel latina y dorada, pero sintió una pequeña punzada en lo profundo de su pecho cuando notó que la sonrisa no llegaba a sus ojos. Sus ojos permanecían fríos como el hielo, a pesar de que su color semejaba la luz de un cálido atardecer. Esos ojos le recordaron que eran el fiel reflejo de lo que guardaba en su corazón.

Su corazón se había endurecido mucho tiempo atrás, cerrado a cualquier vestigio de sentimientos que pudiera interponerse en su camino.

Ese corazón cerrado a la vida se reflejaba ahora en sus ojos: fríos, calculadores, capaces de destruir e intimidar a los más audaces con solo una mirada.

No, ya no existían rastros de esos ojos ámbar, risueños y vivaces, que años atrás bañaban con la calidez de miel silvestre a quien los miraba. Esos tiempos habían quedado atrás, enterrados junto con su hambre, su pobreza, sus amigos y su amor.

Solo el latido en su mandíbula mostraba que algo en su interior había sido alterado. Siempre ese recuerdo lo alteraría. A pesar de que los años habían pasado y de que estaba donde siempre quiso llegar, la suavidad de unas manos blancas sobre las suyas, el suspiro entrecortado y unos ojos de los que fluían copiosamente las lágrimas lo acompañarían—no sabía cuánto tiempo más.

Había intentado olvidarse de todo con insistencia. Dios sabía cuánto lo había intentado, pero cada vez que estaba bajo presión, la suavidad de un rostro aparecía en su mente dándole las fuerzas que necesitaba.

Siempre había sido así. Siempre ella había estado en sus momentos más oscuros, siempre alentándolo. Ella fue la primera que creyó en él, su primera admiradora. Podía recordar aún hoy, a la distancia, sus cabellos cortos en melena enmarcando ese rostro con forma de corazón, donde una nariz graciosa y respingada le daba un aspecto de duendecillo a esos ojos pícaros y oscuros que contrastaban con la blancura de su piel.

La recordó corriendo por los cuidados jardines de la casa de la colina. Sonrió al evocar sus piernas largas y delgadas que sobresalían de sus vestidos de algodón, dándole un aspecto de insecto patas largas—su mayor complejo. Esas piernas que la hacían sobresalir una cabeza por encima de la mayoría de las niñas de su edad.

La hermosa y graciosa Helena. Cuánto había creído en él. Recordó las largas horas que ella pasaba simplemente mirándolo estudiar, diciéndole que estaría a su lado cuando se graduara, cuando obtuviera su bachillerato, cuando consiguiera su primer trabajo… Cuando… cuando…

Cada vez que recordaba su pasado, cierta nostalgia le dejaba un sabor amargo en la boca. Había aprendido a suprimirlo, pero en días de éxito como hoy le resultaba imposible olvidar ciertas cosas, especialmente a la dulce Helena.

Todavía tenía unos minutos antes de la gran reunión, así que permitió que su mente vagara caprichosa hacia unos ojos azules oscuros, tan oscuros que eran casi negros, donde unas pestañas orladas les daban sombra y los oscurecían aún más.

En sus oídos resonó una risa jovial y contagiosa. Sonrió al recordarla…

Todo permanecía tan fresco en su memoria: sus horas de estudio con tanto sacrificio para no perder un minuto de tiempo, tratando de equilibrarlas con la ayuda que ofrecía en la casa del hombre que había descubierto en él un cerebro brillante y había apostado por su futuro, apadrinando sus estudios cuando apenas tenía trece años.

Los recuerdos seguían tan vívidos…

Jamás olvidaría el día en que una tormenta estrepitosa parecía querer derrumbar las paredes del orfanato, y una de las voluntarias se acercó hacia donde él estaba, tratando de terminar la lectura de un libro a la luz de una pequeña vela. Tocándolo por el hombro, le dijo que la directora quería verlo en su oficina con urgencia.

Dejó su libro rápidamente, preguntándose qué habría pasado ahora. Todo el día había estado ayudando a las monjas a cuidar de los menores, sirviendo café a los visitantes y padrinos del orfanato que acudían a visitar o a sacar a los niños a pasear. Los más afortunados eran adoptados por algunas de las parejas que venían buscando ser padres.

Él jamás había tenido esa suerte. Su contextura delgada y sus rasgos latinos y oscuros, sumados a su timidez y baja autoestima, lo habían relegado al último rincón, donde nunca se atrevió a acercarse a ningún visitante.

Los años habían pasado lentamente, y aunque nadie le dio nunca una segunda mirada, sus sueños no disminuyeron sino que crecieron. Se imaginaba en los brazos de una mujer hermosa que lo miraba con ternura mientras le decía que podía llamarla mamá. Muchas veces se había despertado con la sensación de haber sido literalmente abrazado, pero en cuanto abría los ojos, la fría realidad—el grito de los niños, el olor a desinfectante—le recordaba cruelmente que había sido solo un sueño.

Mientras se dirigía a la oficina de la directora, alumbrándose con la vela—puesto que la electricidad se había ido a causa de la tormenta—, trataba de ver los escalones que lo llevarían hasta el despacho de la vieja Margaret. Con las pupilas dilatadas por la oscuridad, pensaba rápidamente qué habría sucedido ese día para tener que presentarse allí a esas horas.

Su corazón latía con violencia. No podía pensar con claridad. No quería pensar precipitadamente, no quería soñar, pero ¿sería quizás que uno de los visitantes lo querría?

Tocó suavemente la puerta y, al escuchar el permiso para entrar, lo hizo con educación. Se quedó parado junto a la puerta esperando otra indicación, mientras sus ojos trataban en vano de encontrar en esa habitación casi a oscuras a la persona que le había permitido pasar.

Margaret se levantó con pesadez de un sillón detrás del escritorio y le hizo señas de que avanzara, indicándole dónde sentarse. Él obedeció de inmediato.

Después… todo lo que ella dijo se hizo realidad, como si sus sueños cobraran vida. Tras tantos años, y aunque no se cumplieron exactamente como él los había imaginado, por fin logró salir de ese sombrío lugar que prácticamente lo vio nacer.

No lo eligió una dulce señora que lo abrazaría, sino un viejo misántropo impresionado por sus excelentes calificaciones. Vio en él un potencial oculto y decidió pagarle los estudios, con una sola condición: jamás bajar sus notas. Lo ayudaría hasta llegar tan lejos como quisiera.

Su brillante mente nunca defraudó al viejo y rico Donald. Dio lo mejor de sí, y durante las vacaciones trabajaba ayudando en el campo y con los caballos. Fue en esos años cuando conoció a la dulce Molly y a su hija Helena.

Molly era la dueña de la granja junto a la casa de la colina, y una vieja amiga de Donald. Fue lo más parecido a una madre que jamás tuvo. Y Helena… Helena fue su pequeña hermana, su confidente, la fuerza de sus sueños, su amiga… ¿su amor?

Nunca la había visto como una mujer, hasta aquel día…

—Oh Dios, ¿por qué tenía que pensar en eso ahora? ¿Justo hoy?

Durante sus duros años de adolescencia, la familia Dolby lo contuvo con más cariño que su propio benefactor.

La familia Dolby era el sueño de cualquier niño necesitado de amor. Molly, la hermosa y dulce Molly, era la típica mamá que atraía con la sencillez de su sonrisa y el amor que ponía en cada cosa que hacía. Trabajaba todos los días en la granja: limpiaba, cocinaba, atendía sus frutas y vegetales, preparaba dulces y tartas deliciosas que luego vendía en el pueblo para aportar dinero y darle a su familia pequeños gustos. Era visitante asidua de Donald, quien cada tarde la esperaba para conversar y comer de sus ricas tartas, las cuales el viejo pagaba con gusto.

Jason, el papá de la casa, fue el padre que nunca tuvo. Su cuerpo alto y musculoso, forjado por el duro trabajo en el campo, guardaba un corazón tierno que rebosaba amabilidad con su familia y con todos los que lo conocían.

El enérgico y acompasado golpe de tacos contra el piso de madera lo devolvió al presente. Parpadeó, intentando borrar esas imágenes atormentadoras del pasado, y sonrió a la hermosa e inteligente mujer que se acercaba mirándolo fija y seductoramente.

—¿Cuán lejos están tus pensamientos, Alex? —le preguntó con voz grave.

El joven ejecutivo miró los ojos grises de su interlocutora y los halló fríos como el hielo. Por un segundo, su memoria los comparó con un par de cálidos ojos azules casi negros que lo miraron burlones desde el pasado.

—No muy lejos, Noelia. No te preocupes, todo saldrá como lo planeamos. La atención de todos los inversionistas estará sobre nosotros en cuanto entremos a esa reunión, ya lo verás. Nacimos para triunfar.

La mujer lo miró con orgullo y, tocándole suavemente la mejilla, le dijo en un susurro:

—Alguna vez quisiera que me dijeras que nacimos el uno para el otro, pero me conformo con ser un equipo invencible en el mundo empresarial.

—Noelia…

—Shhh. No quiero que tu cerebro piense en respuestas para mí en estos momentos. Quiero que centres tu atención en los asiáticos sentados allí adentro y en todas las preguntas que tendrás que responderles.

Volvió a sentirse sacudido por su fría sagacidad mientras ella le abría la puerta. Para sus adentros pensó que eran tal para cual: fríos, crueles e implacables cuando de alcanzar metas se trataba.

Sí… cerebralmente estaban hechos el uno para el otro. Noelia era el sueño de cualquier hombre rico: hija del dueño de una empresa multinacional, sumamente inteligente y bella, un conjunto de virtudes que no eran fáciles de encontrar, y últimamente encaprichada con el joven director ejecutivo. Pero…

—¿A cuántas millas de distancia te encuentras, Helena? ¿Estás en la tierra o en las nubes?

La pregunta de su amiga entrando a su habitación la devolvió a la realidad.

—Bueno, no son millas, sino años —contestó con una sonrisa nostálgica mientras le ocultaba a su amiga el dolor en su corazón.

—Vuelve, vuelve, que solo nos queda media hora para llegar al comedor.

Helena miró el horario y se alarmó al ver cuán poco tiempo tenía para prepararse y llegar hasta la calle sesenta y dos, donde cada sábado trabajaba como voluntaria con su amiga Sandra. Ahí repartían comida, palabras de aliento y amor a todos los necesitados que llegaban a la gran iglesia del centro de la ciudad.

Mientras caminaban apresuradas, con los ojos lagrimosos y las narices rojas por el frío de ese segundo día de enero, se contaban las últimas noticias sobre los pacientes que habían visto el día anterior en el hospital.

Sandra era una joven médico en su último año de residencia, y Helena trabajaba como terapeuta en rehabilitación.

Ambas amaban su trabajo porque les permitía ayudar a cientos de personas necesitadas de salud física y espiritual.

Sandra era muy inteligente, hija de un neurólogo reconocido en el campo de la medicina. Vivía bien: su padre le pagaba el hermoso departamento en pleno centro de la ciudad, y su vida se dividía entre estudiar, hacer las prácticas en el prestigioso hospital donde cursaba su residencia en neurología, asistir a la iglesia y trabajar como voluntaria los fines de semana que no tenía guardia.

Helena no era una muchacha de ciudad como Sandra, pero gracias a su capacidad obtuvo un puesto como terapeuta en el pabellón de rehabilitación. Fue allí donde años atrás la conoció el Dr. Dan, papá de Sandra, quien admiraba en silencio a esa entusiasta muchacha universitaria que ayudaba como voluntaria con tanto amor a los pacientes, generalmente muy deprimidos. Pero parecía como si los ojos de Helena emitieran una luz cálida que derretía las angustias de las personas. Y decidió presentarle a su hija Sandra, quien a pesar de tener un futuro prometedor había caído en una profunda depresión después de una decepción amorosa sumada a la muerte súbita de su madre. Había dejado sus estudios de medicina y se pasaba días enteros encerrada, llorando su miseria y queriendo morir. Pero el día que Dan las presentó, supieron que serían amigas eternas.

No pasó mucho tiempo antes de que Sandra invitara a Helena a compartir el departamento, permitiéndole pagar una renta ridícula y ayudar con los servicios.

Habían pasado varios años desde entonces. En ese tiempo, la amistad entre las muchachas se había vuelto profunda, y lo mejor que surgió de esa amistad fue que Sandra aceptó a Jesús como Señor de su vida y salió de la depresión que la consumía. Retomó con fuerzas sus estudios de medicina y terminó su carrera. Ahora las dos tenían un futuro prometedor.

Mientras caminaban apresuradas tratando de escapar de los copos de nieve que habían comenzado a caer suavemente, Sandra se detuvo y preguntó:

—Cuando entré en tu habitación, ¿estabas pensando en algo triste, Helena?

Los ojos de la muchacha escondieron una emoción reprimida y rápidamente contestó:

—No diría triste, sino nostálgica.

—¿Extrañas a tu familia? ¿Quisieras visitar Los Robles? Sabes que solo tienes que hablar con papá y él se encargará de conseguirte el permiso.

—Sí, lo sé, Sandra, pero ya usé mi tiempo de vacaciones para ir a ayudar con la cirugía de papá, y no quiero abusar de tu amistad ni de la del Dr. Dan.

—Pero mira, si estás nostálgica y quieres ver a tus padres, yo misma te acompañaría para pasarnos un fin de semana comiendo esas delicias que de solo pensar se me hace agua la boca.

—Está bien, Sandra, pero no es nostalgia por mis padres. Es otro tipo de nostalgia que no sabía que estaba allí hasta que esta semana algo me lo recordó y me golpeó con la fuerza de un huracán.

Sandra miró a su amiga detenidamente y notó que sus ojos azules no solo estaban vidriosos por el viento intenso, sino que había lágrimas atrapadas detrás de esas pestañas.

—¿Qué pasó esta semana, si puedo saberlo? ¿Es acaso Daniel el causante de tu dolor?

—¡Nooo! Tú sabes que Daniel no es para mí —dijo bromeando.

—Pero te gusta.

—Sí, pero él no está interesado en mí. Sabes bien que desde que te vio, yo ya no le intereso en lo más mínimo.

Las dos se miraron y estallaron en carcajadas mientras evocaban el rostro colérico de Daniel, sus manos viejas y huesudas apretando y levantando el bastón mientras hacía una mueca de disgusto y decía:

—¡Ahh, mujeres! ¿Quién las entiende?

—Bueno, ya que el viejo Daniel no te arruinó la semana en el hospital, ¿qué o quién lo hizo entonces?

Helena miró a Sandra y, casi atragantada, le dijo:

—Vi a alguien de mi pasado. No lo vi personalmente, lo vi en las noticias.

El nudo en la garganta de Helena se disipó mientras entraban al comedor, y un abrazo de oso casi la voltea.

—Acá estabas, señorita, y yo esperando por ti.

La muchacha devolvió el abrazo de la fornida Mabel mientras se apresuraba a dejar el abrigo y ponerse el delantal para servir los desayunos.

—¿Cuántos hay hoy? —preguntó.

—Esta crisis económica está empeorando, señorita. Cada vez son más los necesitados —contestó Mabel mientras se arremangaba dejando al descubierto sus morenos y fornidos brazos.

Las muchachas se miraron e hicieron una mueca. Mabel siempre decía que todo estaba peor. Mientras se dirigían al salón donde el vapor de las grandes ollas exhalaba un apetitoso olor, Sandra tomó a Helena por la manga de su delantal y, mirándola fijo, le dijo:

—Me debes una conversación, amiga. Tú me ayudaste una vez, y te lo agradezco. Si no hubiese sido por ti y mi Señor, no sé dónde estaría hoy, pero me gustaría hacerlo también por ti. Sé que hay algo en ti que nunca me contaste, pero existe ahí adentro —dijo señalándole su corazón.

—No es nada, Sandra. Es solo la niñez y la adolescencia que a veces se me presentan de repente y no puedo evitar sentirme nuevamente en Los Robles, corriendo por el campo y subiendo hacia la casa de la colina. Y muchas veces quisiera detener el tiempo y seguir teniendo quince años.

—Pero tú dijiste alguien, no algo, si mal no recuerdo…

Helena sacudió la cabeza y contestó:

—No tiene importancia, Sandra. Y si alguna vez la tuvo, quedó enterrada entre los ventanales de aquella casa y el sendero que bajaba desde la colina.

—Siempre estaré aquí para ti, Helena, cuando decidas abrir ese corazón cauteloso que guardas tan bien. Aunque me digas que se lo entregaste a Jesús cuando apenas eras una niña, sé que se lo diste a alguien más y no quieres contármelo. Somos seres humanos y Dios nos hizo así, para amar y ser amados.

Dándole un suave apretón en los hombros, las dos amigas se separaron para atender a las personas que ya esperaban sentadas, ansiosas por saciar su hambre y su frío con algo caliente.

Alex miraba caer la nieve mientras los copos se estrellaban contra los enormes cristales de sus ventanas. Se acercó y observó cómo formaban figuras geométricas perfectas en el vidrio. Ninguna era idéntica.

—¡Mira, Alex! Todos los copitos son diferentes y hermosos. No sabes con cuál quedarte porque todos son bellos. Así somos para Dios, ¿no crees? Todos semejantes, pero diferentes y bellos.

El recuerdo de esa observación golpeó con fuerza su pensamiento y le produjo náuseas.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué se dejaba llevar por el sentimentalismo cuando había llegado a la cima? ¿Qué había pasado? ¿Sería que después de plantar su bandera en lo más alto sentía que no había tenido a nadie con quien compartir ese logro?

—No seas bobo, Alex —se reprochó a sí mismo—. ¿Cómo que no lo compartiste con nadie? ¿Recuerdas los aplausos? ¿Recuerdas las miradas de aprobación de los grandes mientras terminabas tu discurso? ¿Recuerdas cuántos querían estar contigo, cuántos querían y aún quieren compartir aunque sea un café contigo? Solo tienes que chasquear los dedos y aparece una multitud a tu alrededor para satisfacer tu capricho. Eres el muchacho de oro, Alex. Lo tienes todo.

—¡¡Alex!! Reservé en La Riviera para festejar tu graduación: mamá, papá, tú y yo solos, porque seguro en la fiesta que te está preparando Donald ni siquiera podremos hablar. Últimamente siento que Donald me mira mal, como si yo tuviera la culpa de algo. No quiero estar festejando tu graduación con sus ojos clavados en mí, buscándome defectos. Preferí gastar mis ahorros para que la pasemos bien los cuatro. ¿Te parece lindo? ¡Por fin tu sueño se hizo realidad! ¡Hay que celebrar a pleno, Alex! ¡Alex! ¡Alex! ¿Me estás escuchando?

Recordó que nunca tuvo esa cena con los Dolby. Un dolor profundo lo estremeció al recordar el rostro de Helena esa noche en la fiesta, cuando escuchó hablar a Donald. Pero lo que más le quemaba era que ella había gastado todos sus ahorros en él, en una cena que nunca se realizó, porque él viajaría temprano la mañana siguiente a la fiesta, tal como estaba cuidadosamente planeado de antemano.

Cuánto amó a esa familia, y ellos cuánto lo amaron a él. Si bien Donald había sido su padrino y gracias a su dinero había ido a la universidad, fue el amor de los Dolby lo que le enseñó a valorarse como ser humano y levantar su autoestima. Recordó a Molly diciéndole:

—Nadie es mejor que otro a los ojos de nuestro creador, Alex. Jamás debes sentirte inferior. Imagínate que Dios dice que somos tan preciosos para él como la niña de sus ojos. ¿Te imaginas lo que significa ser eso, querido? Para Dios no hay grandes ni chicos, ricos ni pobres, blancos o negros. Para él todos somos su más preciada creación.

Los Dolby eran profundamente creyentes en Dios, un Dios que él nunca pudo entender, porque se denominaba padre y él jamás había tenido uno. Aunque tal vez sí lo había tenido, solo que nunca se enteró de su existencia.

No podía asociar a Dios con la palabra padre, puesto que para él esa palabra solo significaba abandono. Así que cuando llegó del orfanato a la gran casa y conoció a los Dolby, adoptó el Dios de ellos y siempre lo relacionó con esta familia, aunque sin lograr entenderlo del todo. Solo sabía que sus más queridos amigos lo respetaban como algo supremo, y él, con tal de ser aceptado, también lo respetaba, aunque sin comprenderlo realmente.

Luego lo fue conociendo un poco más a través del amor de esta gente. Si Dios significaba lo que eran los Dolby, él quería a ese Dios. Pero había una incongruencia que no podía aceptar. Los Dolby eran excelentes, buena gente, pero no tenían las aspiraciones que él tenía. No querían lo que él quería. Él quería el mundo, quería triunfar, quería la cima. Quería estar arriba, no importaba qué tendría que hacer, no importaba cómo llegar, no importaba lo que costara. Haría lo que se había prometido en el viaje desde el orfanato hasta la casa de la colina: que tomaría esa oportunidad que le daba el destino y nada ni nadie lo detendría. Nada ni nadie. Mucho menos la voluntad de Dios, como decía Helena.

—Alex, ¿estás seguro de que es la voluntad de Dios que te vayas con ese tipo de gente? ¿Solo porque tienen mucho dinero? Alex, son tan pobres que solo hablan de lo que tienen materialmente. Por dentro no tienen nada.

—¿Y tú qué tienes tanto en tu interior? ¿Por qué no sales de la vida que tienes? —le reprochaba él con intolerancia.

—¿Qué tiene de malo mi vida? No tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo.

—Pues te cuento que yo tendré todo lo que quiero y querré todo lo que tenga, y tendré más de lo que quiera tener. Nada ni nadie me detendrán en mi carrera. Llegaré a la meta, Helena. Lo lograré, y si para lograrlo tengo que olvidarte, estoy dispuesto a pagar el precio y lo haré con todo gusto. La vida tiene muchas Helenas.

Un escalofrío sacudió los hombros del joven ejecutivo. Se dirigió a la cocina y se preparó un café para apaciguar el frío, aunque sabía que el frío provenía de su interior. Su moderna y exquisita casa estaba muy bien calefaccionada.

¿Tenía la vida muchas Helenas? Habían pasado siete largos años desde aquella discusión, y había recorrido mucho camino. Había conocido muchas familias ricas y poderosas que tenían todo lo que él ansiaba. Se sentía satisfecho de sus logros. Era amigo de muchos, pero ninguno conocía su pasado. Si la bella Noelia supiera que él no sabía quiénes eran sus padres, ¿le importaría?

Calculó que lo único que le importaba a Noelia eran las cuentas bancarias, las posesiones y las posiciones sociales. Se uniría a cualquiera que le prometiera fiestas, lujos, joyas y una vida de ascenso en el mundo empresarial, escalando montañas cada vez más altas.

Sí, definitivamente esa era la clase de mujer que necesitaba para formar una familia.

¿Querría la mundana Noelia tener hijos? Había estado casada ocho años con un rico hombre de negocios, pero no habían tenido hijos porque ella decía que le interrumpirían su camino a la grandeza.

Él quería una familia. Nunca había tenido una y la ansiaba.

Cayó en la cuenta de que eso era lo que le estaba sucediendo. Por eso la nostalgia de Los Robles, de la familia Dolby, de Molly, Jason y Helena. Ellos eran lo más cercano que había tenido a una familia, y ahora, en el momento de formar la suya, era natural que los evocara.

Esto tenía que terminar aquí. Se pondría en campaña. Era hora de comenzar a apreciar las sonrisas seductoras de Noelia y de aceptar las cenas con su rico padre, para ver hasta dónde podrían llegar. Si Noelia estaba dispuesta a formar una familia, serían la pareja de oro del año.

—Alex, ¿estás orando por la mujer que será tu esposa? Sabes que me encantaría ser tu esposa, pero tengo que estar segura de que eres la voluntad de Dios para mí.

—¿Y qué harás si Dios te dice que no soy para ti?

—Entonces lloraré de tristeza un poco, pero no lloraré de arrepentimiento muchos años si me caso contigo y tú no eres la voluntad de Dios, porque dice su palabra: «La bendición de Dios enriquece y no trae tristeza con ella». Yo de verdad quiero la voluntad de Dios en mi vida. Si no eres tú, seré feliz, pero si eres tú, ¡seré más feliz!

La voz de la dulce Helena le taladró el corazón. Trató a duras penas de tapar esas palabras. Palabras y solo palabras. Tiró el café en el lavabo mientras se dirigía a su dormitorio a recoger un abrigo.

No estaría un segundo más solo en esa casa. Afuera se desataba esa terrible tormenta, pero era más suave que la que rugía dentro de su corazón.

Arrancó su vehículo utilitario y se deslizó con suavidad por la nieve. Iría a ver a Noelia y quizás se quedaba con ella hasta el lunes. Era un fin de semana largo y hasta podrían ir a esquiar y divertirse. Tenía de todo para divertirse, ¿por qué no hacerlo?