Soy un Sobreviviente

En la búsqueda de mi misma con mi Creador.

🌿 Como Job, me siento así

🌿 Como Job, me siento así

“Al árbol caído le queda la esperanza de volver a retoñar. Tal vez el tronco y las raíces se pudran en la tierra, pero en cuanto sientan el agua, volverán a florecer y echarán ramas, como un árbol recién plantado.”
— Job 14:7 (TLA)


Hay palabras que atraviesan los siglos y parecen haber sido escritas para uno mismo.
Eso siento al leer el capítulo 14 del libro de Job.
Siento lo que él sintió. Siento esa mezcla de esperanza, resignación, dolor y fe que nace cuando uno intenta entender el misterio de la vida y de la muerte.

Desde que Luis murió, me acompaña esa sensación de no poder disfrutar plenamente de la vida. Es como si cada cosa bella que vivo —un paisaje, una risa, un aroma, un café— estuviera teñida por su ausencia.
Siento que disfruto cosas que él hubiese amado, y eso me impide gozar sin culpa.

Amo profundamente a Dios.
Sé que Él es soberano, que mi vida está bajo su voluntad, y que Él permitió que Luis partiera.
Sé que eligió lo mejor.
Pero, aunque lo entiendo con mi mente y lo acepto con mi fe, mi corazón duele.


☕ Buenos Aires y el café que no pude tomar

No pude disfrutar mi visita a Buenos Aires.
No podía creer que había llegado a ese mismo lugar desde donde, un día, salimos juntos como familia, cerrando un capítulo de nuestras vidas y abriendo otro lleno de sueños y proyectos.

Cada vez que habíamos regresado de visita, lo habíamos disfrutado a pleno.
Nuestros viajes comenzaban desde el momento mismo en que los organizábamos: contar los días, preparar las cosas, comprar los regalos, dejar todo listo y pagado. Era un ritual, una alegría compartida.

Y había algo que nunca faltaba:
al llegar a Buenos Aires, tomar un café en Havanna del aeropuerto.
Era nuestro primer encuentro con el sabor argentino, con la tierra propia.
Un café espumoso, un alfajor, o esos tostados mixtos que solo allí tienen ese sabor único.

Ese momento tenía algo de ceremonia.
Conversar, reír, mirar alrededor y sentir la vida latiendo.
Disfrutar de escuchar el idioma, las voces, el humor agudo y sarcástico de los porteños.
Ese ambiente tan nuestro, donde un café se convierte en pausa, refugio y conversación eterna.

Pero mi último viaje fue distinto.
No pude hacer nada de eso.
No pude disfrutar de mi Argentina sabiendo que mi compañero de vida no estaría al otro lado del teléfono.
No habría más conversaciones a distancia para contarnos el sabor del país al recién llegado.
Yo seguía viva… y él estaba enterrado.

Pasé por Havanna con los ojos llenos de lágrimas.
Buenos Aires me supo a lágrimas saladas.
Cada calle me recordó que él jamás volvería a pisar ese suelo,
que estaba enterrado en un jardín precioso, lejos, en Montclair, New Jersey.


💔 La culpa de seguir viva

¿Por qué siento tanta culpa al disfrutar de un café?
¿Por qué no puedo disfrutar de la vida?

Lo analizo, lo pienso, lo llevo al alma…
y lo que siento es algo profundo, muy profundo.
Una voz que me dice que nunca podré disfrutar como antes.
Que tengo que ubicar ese dolor en otro sitio.

No es mi culpa que él ya no esté.
No es mi culpa que sus ojos se hayan cerrado para siempre.
No fui yo quien cargó las copas de vino que embriagaron al conductor que destruyó su vida en menos de un minuto.

No soy culpable de haber estado allí y que la muerte no me haya tocado.
Si me hubiese preguntado antes de tocar su vida, si quería ser yo quien partiera, le habría dicho que sí.
Porque mi esencia siempre fue dejar que otros vivan mejor, que disfruten antes que yo.

Pero no…
La muerte no me preguntó.
Pasó delante mío, me miró, me hizo una broma a través de mi esposo, y se lo llevó.
Y yo quedé allí, observando cómo desaparecía de mi vista para siempre.

No es mi culpa.
Lo repito una y otra vez: no es mi culpa.
Y sin embargo… siento culpa.
Siento dolor.
Siento que ya no podré disfrutar de las cosas que eran nuestras.

Cuando lo vi boca abajo, con el rostro sobre el pavimento, y el color sin vida que lo cubría, supe que no volvería a escucharlo reír.
Supe que nunca más sentiría sus brazos fuertes, su calor, su presencia.

Ahí entendí —como Job— que hay más esperanza para un árbol caído que para un ser humano cuando el Creador decide que su hora ha llegado.


🙏 Mi oración

Amo a Dios con todo mi corazón y acepto su soberanía.
Pero, como Job, le pido que me hable.
Que me muestre su propósito.
Que me permita escuchar su voz en medio del dolor.

Le ruego que me dé la paz de saber que lo que estoy viviendo es lo mejor que puedo vivir,
que el futuro que me espera será mejor de lo que hubiera sido si Luis estuviera vivo.

Porque confío en Él.
Porque sé que mis días están escritos, guiados, cuidados por sus manos.
Porque creo con todo mi ser que Dios no siempre nos da lo que queremos, pero sí nos da lo mejor.



Epígrafe final:

“Hay esperanza para el árbol caído… y aunque mis raíces duelan, sé que cuando el agua del cielo toque mi alma, volveré a florecer.” 🌿