
Estuve analizando este proceso por el que estoy pasando, y quizás sea porque mi mente se está equilibrando. No porque haya pasado mucho tiempo y deba comenzar a cambiar, sino porque tuve días muy negros y tuve que pedir auxilio. Tuve que tener la humildad de reconocer que no podría hacerlo sola.
En mi dolor, clamaba a Dios. Ni siquiera sabía qué decirle. Por meses y meses estuve callada, pensando, ensimismada en mi realidad, que todavía no terminaba de asimilar.
Mi vida había cambiado, pero mi cerebro todavía no lo sabía. Mi mente no lo aceptaba. Era como si toda mi vida se hubiese mudado de casa, pero la costumbre me llevaba sin pensarlo de vuelta a mi domicilio anterior. Cuando estacionaba mi vida, me daba cuenta de que ya no pertenecía a ese lugar. Mi lugar era otro. Mi vida era diferente, mis días eran diferentes, mi entorno era diferente, mis actividades eran diferentes.
Y en ese estado, comencé a hundirme lentamente. Mi mirada fija en lo que había perdido provocaba en mí el efecto de pisar un terreno pantanoso. Un día era peor que el otro.
Las voces positivas me decían que ya pasaría, pero mis pies hundidos en ese material pegajoso de los recuerdos no me dejaban avanzar. Y diría que mi vida, aunque no quedó inválida, quedó detenida.
Quedó detenida en un momento. Quedó detenida en el minuto en que me di cuenta de que mi camino de dos, mi camino de estar acompañada, se había estrechado. Ahora solo había lugar para una persona… y yo no sabía cómo hacerlo.
En un abrir y cerrar de ojos, el escenario había cambiado. Unos minutos antes todo eran proyectos, sueños y deseos por cumplir. Ahora era todo silencio… un silencio que dolía.
Los pedazos de mi vehículo tirados en la carretera me gritaban que mi vida había cambiado, pero nunca me olvidaré del silencio que me rodeaba. Era solo yo y la realidad.
Jamás en la vida como ser humano había experimentado eso. No lo esperaba. Era como un mal sueño, donde mis oídos aturdidos por un silencio espectral querían obligar a mi cuerpo a reaccionar y avisarme que mi vida se había reducido en menos de un minuto a algo totalmente desconocido.
Todo sonaba muy lejano para mí. Los autos que pasaban lentamente a mi lado, esquivando pedazos de vehículos esparcidos por el asfalto, jamás los vi. Yo veía solo un punto lejano. Solo veía a mi otra mitad lejos de mí, boca abajo, sin moverse.
El camino más largo que un ser humano puede correr es el que se llama valle de sombras y de muerte. Y es por eso que mi amado Dios lo dejó escrito en su Palabra: que aunque ande en valles de sombras y de muerte, yo no temería mal alguno, porque él estaría conmigo.
Esa es una promesa, pero el valle real es interminable. La oscuridad es densa, asfixiante. No hay luz, no hay salida. Tienes que enfrentarte a algo a lo que le tienes terror solo de nombrar. Tienes que enfrentarte a la verdadera realidad de todo ser humano: la muerte.
El silencio que me rodeaba era la muerte misma. Mi mente aturdida solo sabía que a varios metros de mí, ella había dado su zarpazo y había cambiado mi destino para siempre. Lo había hecho de forma rápida, cruel. En el lapso de entre uno y cincuenta y dos segundos se había llevado en sus alas a mi compañero de vida.
Un minuto antes nos reíamos de una broma, y un minuto después ya no encontré su rostro frente a mí.
Fue rudo, fue cruel, pero fue real.
Hoy lo escribo porque me hace bien, porque estoy sanando, porque es terapia para mí. Pero en ese momento y en los que siguieron—en los días, en los meses y en los años que siguieron—me aislé.
Me encerré en mí misma porque no lo entendía. Me quedé paralizada porque mi vida había sufrido una amputación y no sabía cómo volver a caminar. Me aislé porque me creía víctima del destino.
Agradecía a todos los que me acompañaron: cada comida que me trajeron, cada llamada, cada mensaje, cada visita, cada flor, cada regalo, cada ayuda. Agradecía, pero no entendía por qué. Lo hacía porque sabía que debía agradecer la bondad de las personas.
En el funeral, canté con toda mi alma, agradecida por la bondad de Dios. Pero era mi espíritu quien cantaba, el que habitaba en mi interior y reconocía la bondad que me rodeaba. Mi alma, en cambio, no estaba agradecida. Mi alma estaba en shock. Paralizada.
Los días y los meses que siguieron fueron los peores que he vivido. No tenía rumbo ni destino. No tenía propósitos ni metas que seguir. Estaba amortiguada.
No me di cuenta de que comía, de que me reía, de que viajé a Nicaragua, a Grecia, a Turquía en viajes previamente programados. Pero esos viajes no habían sido planeados para que yo estuviera sola. Eran proyectos soñados para dos, así que mi alma no podía entender qué hacía yo sola en esos lugares. No pude disfrutar, no pude darme cuenta.
Puedo decir que estuve amortiguada casi dos años.
Ya no eran solo mis pies los que estaban hundidos en ese pantano de dolor; era mi cuerpo entero. Realmente quería hundirme en ese hueco y no salir nunca más.
Tenía mucha ayuda, pero ninguna alcanzaba a sacarme por completo. Me había acomodado en ese hueco oscuro y profundo llamado depresión, y pude entender a todos aquellos que te dicen: no importa cuánto me hables, no puedo salir, no puedo hacerlo, es muy doloroso. No tengo un propósito específico, no tengo sueños que cumplir.
La vida me duele.
Pero sé que Dios escuchó las oraciones de mi madre y de mis amigos más cercanos que me vieron sufrir.
Y un día, una pequeña emoción hizo latir un poquito más mi corazón entumecido y en un suspiro dije: «Ya está. Lo reconozco. Necesito ayuda. Necesito ayuda externa. Necesito ver a un profesional que me diga qué está pasando en mi cuerpo que no quiere moverse, que no quiere salir, que no disfruta vivir».
Y fue solo un mensaje de texto a un profesional diciendo: «Me siento sola, necesito ayuda, me estoy hundiendo cada vez más y no puedo salir. Necesito algo, porque realmente quisiera dormir para siempre, pero sé que esa actitud es de soberbia. No quiero ser más yo, quiero ser diferente y quiero ayuda».
Fue ese simple texto lo que comenzó una vorágine de ayuda. Me contacté con profesionales que ayudan a personas en ese estado. Dios estuvo en cada paso de mi vida, desde el momento en que quedé sumida en el silencio hasta el momento en que pude decir en voz alta: Dios, necesito tu ayuda por medio de profesionales.
Hoy estoy bajo el cuidado de personas que dedicaron sus vidas a ayudar a otros como yo. Personas nobles, personas que Dios tocó en sus corazones para que traten a seres destrozados como yo. A seres a quienes la vida los trató de una manera diferente. Seres que no la tuvieron fácil. Seres que vivieron tragedias, que sufrieron las calamidades del desastre.
Hace diez días pude por primera vez, con lágrimas en mis ojos, agradecer a Dios por mi vida. Agradecer por haberme dejado a mí con vida. Pude ver que hay algo grande para mí, y por eso vivo.
También el día de Acción de Gracias pude agradecer por saber dónde está mi compañero de vida, agradecer por haberlo tenido durante treinta y cuatro años juntos. Agradecer porque pude tenerlo, porque pude formar una familia, porque pude tener una vida.
Y decidí comenzar un hábito que no es común en mí: el hábito de la gratitud.
La gratitud… esa palabra que escuchaba de otros, que leía en libros, que veía en publicaciones inspiradoras, pero que nunca había practicado de verdad, no de esta manera profunda y consciente.
Siempre fui agradecida, sí, pero era una gratitud automática, superficial, de cortesía.
Ahora quiero practicar algo diferente: una gratitud que nace desde lo más profundo de mi ser sanado, una gratitud que reconoce cada respiro como un regalo, cada amanecer como una nueva oportunidad que no está garantizada.
Este hábito se siente extraño para mí, incómodo a veces, porque implica mirar de frente todo lo que pasó y decir «gracias» por ello.
Gracias por el dolor que me quebró, porque en ese quebranto Dios pudo moldearme de nuevo. Gracias por la oscuridad, porque solo en ella pude ver la verdadera luz. Gracias por haber perdido el camino, porque me llevó a una senda que jamás hubiera imaginado recorrer… la senda de la compasión verdadera, la senda de entender el dolor ajeno porque lo he vivido en carne propia, la senda de la gratitud genuina que no da nada por sentado.
Hoy quiero estar agradecida por lo que me sucedió, y sé que suena contradictorio, sé que muchos no lo entenderán.
Pero esta tragedia me llevó a un lugar de humanidad que desconocía. Me enseñó que la vida es frágil, que el mañana es solo una ilusión, que únicamente tenemos este momento, este instante precioso que respiro ahora mismo.
Quiero vivir agradecida por cada momento que tengo hoy, porque aprendí de la manera más dolorosa que mañana puede no existir.
Quiero disfrutar este café que tomo, esta conversación que tengo, este atardecer que veo. Un minuto antes de aquel accidente yo también estaba riendo, yo también pensaba que tendríamos más tiempo, más días, más años… y en un parpadeo todo cambió. En ese instante fugaz, todo lo que creía seguro se desvaneció.
Entonces hoy elijo la gratitud.
Elijo agradecer por este día que tengo, por esta vida que continúa latiendo en mí, por este propósito que apenas comienzo a vislumbrar. Elijo agradecer por el dolor que me transformó, por las lágrimas que me limpiaron, por el valle oscuro que tuve que atravesar para llegar a esta luz tenue pero real que ahora veo delante de mí.
Y cada noche, antes de dormir, quiero practicar este hábito nuevo: enumerar las bendiciones del día, por pequeñas que parezcan.
Ahora sé que nada, absolutamente nada, es pequeño cuando entiendes que todo puede desaparecer en un instante.

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