«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».
— Salmo 46:10

Hoy, durante la prédica en mi iglesia, tomé apuntes sobre el Salmo 46. Mientras escuchaba, mis notas comenzaron a transformarse en algo más profundo: en mis preguntas, en mi oración. El mensaje fue llegando hasta mis preocupaciones, hasta mi dolor, hasta ese lugar donde creo en Dios y, aun así, me cuesta descansar.
El salmista comienza diciendo quién es Dios antes de describir todo lo que puede suceder a nuestro alrededor: Dios es nuestro amparo, nuestra fortaleza, nuestro auxilio en las tribulaciones.
Allí encuentro los puntos de apoyo que necesito para seguir leyendo. Él es mi refugio. En Él puedo poner mi confianza. Su presencia es mi seguridad cuando las circunstancias dejaron de serlo.
Después aparecen las aguas que rugen, los montes que tiemblan, la tierra que cambia y las naciones que se agitan. El salmista reconoce la magnitud de lo que ocurre. Y, sostenido en quién es Dios, declara que no temerá.
Yo leo eso y me detengo.
Señor, yo quiero vivir así. Quiero que seas mi refugio en mi manera de pensar, de esperar y de enfrentar cada día. Necesito hacer vida en mí lo que tantas veces he leído.
Porque sé que creer en ti no me exime de pasar por una tragedia. Lo sé desde un lugar que todavía duele. Hay pérdidas que no se evitaron, oraciones cuya respuesta no fue la que yo esperaba, circunstancias que cambiaron mi vida para siempre.
Y aquí estoy, buscando cómo descansar en ti después de todo eso.
Si tú eres mi refugio, enséñame a refugiarme.
Puedo reconocer que una casa ofrece protección y quedarme afuera, bajo la tormenta. A veces siento que hago algo parecido contigo: sé que puedo acudir a ti, pero sigo dándole vueltas a mis preocupaciones, intentando encontrar una salida por mis propias fuerzas.
Mi mente vuelve sobre lo mismo. Piensa en lo que pasó, en lo que podría pasar, en lo que debería hacer. Busca anticiparse al próximo golpe.
Entonces escucho tus palabras:
«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».
Dime, Señor, ¿cómo lo hago?
Te creo. Quiero hacerte caso. Pero mi mente sobrepiensa. ¿Cómo la encamino cuando se va detrás de tantos temores? ¿Cómo descanso cuando todavía hay tanto por resolver?
Ya son casi tres años desde que mi vida quedó detenida de una manera que nunca habría elegido. Así lo he vivido delante de ti, Señor: como si me hubieras sentado cuando yo apenas podía sostenerme.
Al principio ni siquiera comprendía lo que me estaba pasando. Apenas te hablaba. Estaba inundada de dolor.
Después empezó a molestarme estar quieta. Quería levantarme, producir, encontrar soluciones, reconocerme otra vez. Y cuando las cosas no avanzaban como yo esperaba, me hundía más en ese pozo de preocupación.
Todavía hay mucho que permanece en espera. Voy haciendo lo que puedo, con las fuerzas que tengo. Pero hoy, al escuchar tu Palabra, entendí algo: puedo llevar mucho tiempo detenida y seguir luchando por dentro.
Mi cuerpo se detuvo. Mi mente siguió intentando sostener el mundo.
Ahora necesito aprender a descansar en ti en medio de esta espera.
También pienso en Habacuc. Él contempla la posibilidad de que la higuera no florezca, de que falten las cosechas y los corrales queden vacíos. Reconoce una realidad que amenaza el sustento y el futuro. Y aun así decide alegrarse en el Dios de su salvación.
Señor, ¿puedo decir eso de verdad?
¿Puedo confiar así cuando miro mis necesidades y no sé cómo se van a resolver? ¿Puedo alegrarme en ti mientras todavía siento ansiedad?
Quiero aprender de esa fe. Pero necesito acercarme con honestidad: me asusta lo que falta. Me pesa la incertidumbre. Hay días en los que me siento cansada antes de comenzar.
Habacuc mismo habla del temblor que experimenta al oír lo que vendrá, de cómo se estremece antes de expresar su confianza. Eso me permite acercarme a sus palabras sin fingir una tranquilidad que todavía no tengo. Puedo temblar y acudir a ti. Puedo llorar y seguir creyendo. Puedo pedir ayuda mientras aprendo a esperar.
Quizás hoy mi oración se parezca a esto:
Señor, todavía me asusta lo que veo. Aun así, quiero apoyarme en quien tú eres. Ayúdame a dar el siguiente paso contigo.
La confianza necesita ir ocupando un lugar en mis pensamientos, en mis decisiones y en esos momentos en los que vuelvo a imaginar lo peor.
Cuando mi mente insista en que debo resolver todo hoy, puedo detenerme y preguntarme qué me corresponde hacer en este día. Quizás sea una llamada, un trámite, una tarea o aceptar la ayuda de alguien. Después de hacerlo, puedo reconocer delante de ti que llegué hasta donde podía llegar.
Cuando aparezca otra vez el mismo temor, puedo nombrarlo en oración. Puedo volver al Salmo 46 y recordar dónde está mi apoyo: tú eres mi refugio, mi fortaleza y mi auxilio.
Habrá días en los que necesite volver muchas veces. Para eso también necesito tu paciencia.
Mi descanso no puede depender de que mi mente consiga explicarlo todo. Necesito apoyarme en tu fidelidad mientras todavía tengo preguntas.
Señor, estoy harta de los espejismos. De pensar que por fin estaré segura cuando llegue una respuesta, se resuelva un asunto o aparezca una oportunidad. Esas cosas importan y tú conoces cuánto las necesito. Pero quiero aprender a recibir este día sin exigirle que resuelva todo mi futuro.
En el Salmo 46, el mundo se agita y tú sigues siendo Dios. Tu autoridad alcanza aquello que a mí me desborda. Tu presencia acompaña a tu pueblo en medio de la tribulación.
Hoy recibí esa verdad de una manera personal: puedo confiarte lo que está fuera de mi alcance.
Haré lo que pueda hacer. Buscaré dirección, trabajaré, me prepararé y recibiré ayuda. Y cuando llegue al límite de mis posibilidades, quiero reconocerlo sin castigarme por no poder más.
Tú sabes obrar donde yo no puedo. Enséñame a esperar tu manera y tu tiempo, aunque todavía no comprenda cómo será el camino.
«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».
Quiero conocerte aquí, Señor. En esta vida que todavía estoy aprendiendo a vivir. En los días productivos y en aquellos en los que apenas logro avanzar. En las respuestas y en las esperas.
Quiero hacer vida en mí esta verdad: que eres mi refugio.
Que cuando vuelva a sentirme desprotegida, recuerde que puedo acudir a ti. Que cuando me falten las fuerzas, acepte tu cuidado. Que en medio de mi tribulación pueda decir, incluso entre lágrimas, que tú estás conmigo.
Mi oración
Señor, yo te creo. Tú conoces mi corazón y también esta mente que tantas veces se adelanta, se preocupa y se agota.
Enséñame a estar quieta delante de ti. Guíame con tu Palabra y acompáñame en la práctica de cada día.
Ayúdame a distinguir entre lo que puedo hacer hoy y aquello que debo dejar en tus manos. Dame fuerzas para cumplir con mis responsabilidades y libertad para descansar cuando llegue a mi límite.
Cuando vuelva a preocuparme, recuérdame quién eres: mi refugio, mi fortaleza, mi auxilio en la tribulación.
Quiero aprender a confiar como Habacuc, reconociendo lo que falta y sosteniéndome en ti. Si todavía tiemblo, recíbeme así. Ayúdame a seguir caminando contigo.
Durante este tiempo he estado quieta de muchas maneras. Ahora te pido que me enseñes el descanso interior que tanto necesito.
Hoy hago lo que está a mi alcance y te confío lo que no puedo controlar. Renueva mi mente, Señor. Que tu verdad encuentre lugar en mis pensamientos y vaya transformando mi manera de vivir.
Aquí estoy, con mi fe, con mis preguntas y con mi dolor.
Enséñame a descansar en ti.
Amén.
© 2026 María Lidia Georgieff. Todos los derechos reservados.


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