Aprender a buscar a Dios en lo cotidiano

Hoy observaba las manos pequeñas de mi nieto mientras exploraba la grama con un palito. Yo me sentía cansada, lista para volver a casa, pero para él no había prisa: tenía ante sí una tarea que reclamaba toda su atención, la fascinante labor de descubrir el mundo.

Lo contemplaba con ternura, asombrada de todo lo que absorbía en ese instante. Cada textura, cada movimiento, cada pequeño hallazgo encontraba un lugar en su mente en formación. Allí estaba, abriéndose paso en la vida con inocencia, sin sospechar la profunda emoción que despertaba en mi corazón.

En ese momento pensé en nuestro Creador. ¿Qué sentirá al vernos aprender, inventar, construir y emprender proyectos con todo lo que Él mismo ha puesto a nuestro alcance?

De pronto, mi nieto hizo una pausa. Levantó la mirada, comprobó que yo seguía allí y me regaló una sonrisa llena de confianza. Solo entonces, tranquilo y seguro, volvió a sus exploraciones.

Aquel gesto tan sencillo me reveló algo conmovedor: aunque mi nieto aún no comprende cuánto depende de quienes lo cuidamos, no olvida buscar mis ojos. Algo dentro de él sabe que necesita esa conexión, ese punto de anclaje que le confirma: todo está bien, puedes continuar.

Nosotros, en cambio

Nosotros, aunque sabemos que dependemos enteramente de Dios, dejamos pasar días enteros sin volver la mirada hacia Él.

Disfrutamos de sus bondades, usamos sus recursos y trazamos planes sintiéndonos dueños de cada logro. Olvidamos que ni siquiera el aire que respiramos viene de nuestro propio esfuerzo.

Basta que algo diminuto falle en nuestro cuerpo para recordar lo frágiles que somos. Solo entonces el orgullo se desvanece y volvemos, como niños asustados, a buscar los brazos que siempre nos han sostenido.

Lo esencial

Volví a mirar al niño, absorto con su palito y dichoso entre sus pequeños descubrimientos.

Me pregunté cuántas veces vivo así: sumergida en mis propios afanes, olvidando levantar los ojos hacia Aquel que me acompaña con paciencia infinita.

La mirada de mi nieto me devolvió hoy a lo esencial.

Me recordó que puedo cultivar una práctica diaria tan sencilla como poderosa: hacer una pausa en medio de mis ocupaciones, alzar los ojos y descansar en Su presencia.

«Señor, sé que estás aquí. Gracias por sostenerme con ternura mientras sigo descubriendo la vida».

Un niño pequeño se agacha para recoger hojas en una acera, con una casa y árboles de otoño de fondo.
El tamaño de tu mundo depende de ti
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